La soledad es ya un problema de salud pública mundial. La Organización Mundial de la Salud considera que la sensación de soledad es cada vez más persistente en muchas personas en la sociedad y advierte de las serias consecuencias que eso podría acarrear en el futuro. Y podríamos pensar que el problema podría concernir a sociedades de consumo avanzadas como Estados Unidos, China o Europa, sin embargo, otras regiones del mundo, como Centroamérica, también están afectadas por la soledad. Según el estudio State of Social Connections, elaborado en 2023 por Meta y Gallup, revela que un alarmante porcentaje de personas en todo el mundo experimenta altos niveles de soledad. En el caso centroamericano, el 25% de los guatemaltecos, el 22% de los costarricenses, el 21% de los hondureños y salvadoreños respectivamente y el 19% de los nicaragüenses afirman que se sienten muy o bastante solos.
Y es que la soledad puede tener implicaciones en la salud: quienes se sienten solos son más propensos a tener más problemas de salud mental. Y esta está asociada con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, demencia, accidentes cerebrovasculares, depresión, ansiedad y muerte prematura. O dicho en positivo, las conexiones sociales son vitales para la salud, la felicidad y la longevidad de las personas.
Y es ahí, en la conectividad social, o mejor dicho, en su ausencia, donde reside uno de los principales factores que causa la soledad. Porque soledad no es lo mismo que aislamiento social. Paradójicamente en una sociedad cada vez más mediatizada e hiperconectada, el sistema está diseñado para privilegiar las condiciones de soledad y aislamiento. De un lado, las personas no tienen suficiente tiempo para dedicarse a la interacción social. Por otro lado, también sienten que la interacción social en sí misma es una pérdida de tiempo; muchos se sienten culpables por no hacer nada, por pasar tiempo con alguien o simplemente estar en presencia de otras personas. Y en el caso de Centroamérica, se une otro factor: la falta de espacios públicos seguros, cabe mencionar que los centros comerciales no están en esta categoría, y el acceso a estos donde las personas pueden reunirse, pasar el rato y existir en presencia de los demás: lugares en los que puedan estar sin sentir que necesitan una razón particular para visitarlos o que necesitan gastar dinero para ir.
Por ello, las actuales redes sociales, que nacieron como una suerte de plaza pública virtual y que han sucumbido ante los intereses de compra y venta del voraz marketing digital, para muchos fungen como ese mecanismo de interacción social necesaria.
Y si la soledad no es lo mismo que el aislamiento social, el existir en las redes sociales tampoco es sinónimo de estar conectado socialmente. Sherry Turkle, profesora norteamericana en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, plantea que mucha gente está atrapada en el “comparto, luego existo”, como si necesitaran compartir un pensamiento o sentimiento en redes sociales para poder pensarlo y sentirlo de verdad. Estamos ante una construcción identitaria basada en actuaciones que creemos que gustarán a los demás. Entre tanto ruido que generan los medios sociales, no damos tiempo a la conversación con nosotros mismos que hace falta para tener más claridad sobre quiénes somos y queremos ser.
A lo largo de la vida, el aislamiento social y la soledad pueden ser episódicos o crónicos, dependiendo de las circunstancias y percepciones de un individuo. Una soledad impuesta es muy diferente a una soledad elegida. La soledad se suele asociar a sentimientos negativos, pero cuando es una opción elegida puede proporcionar un gran bienestar emocional. Mientras que la soledad impuesta provoca tristeza, ansiedad y frustración, especialmente si una persona se siente sola cuando está rodeada de gente, la soledad elegida es una situación deseada que le proporciona libertad, satisfacciones y más posibilidades de disfrutar de su tiempo libre. En realidad es un estado de bienestar psicológico experimentado por una persona cuando está sola. Esta se siente completamente responsable de su propia vida, que no desea compartir a no ser que sea con personas que realmente le aporten algo interesante, y este hecho repercute en un aumento de la seguridad en sí mismo. Pero de igual forma, existen consecuencias negativas asociadas a la soledad elegida, y la principal tiene que ver con la capacidad de adaptación y de convivencia. En parte porque a la persona le gusta estar sola, y en parte porque probablemente no sepa cómo adaptarse a la convivencia con otras personas pues, los que viven en una soledad escogida habitualmente les cuesta ceder parte de sus privilegios en favor de la convivencia.
En cualquier caso, la soledad elegida y aceptada nos permite establecer un diálogo honesto con nosotros mismos y nos ayuda a profundizar y entender a nuestros propios miedos, frustraciones, deseos y anhelos. Y más aún, este mecanismo conversacional introspectivo acentúa nuestro sentido de empatía pues si estás cómodo contigo mismo, más fácilmente te puedes poner luego en el lugar del otro. Sin soledad, sin una soledad elegida, realmente no podemos construir un sentido estable del yo.
Tal y como la escritora hondureña Armida García patentiza en su poemario La soledad justificada; un poemario asentado en la idea obsesiva de la soledad, que destaca que la soledad es un laberinto de identidad, un laberinto del ser que inunda el cuerpo e invade la intimidad para comunicarse con los objetos, con el mundo exterior como un modo de ser y de estar instalados en el centro neurálgico del poema.
La soledad justificada es un poemario que se destaca por la materialidad del lenguaje, la cuidadosa y delicada orfebrería de la palabra en su sentido material y concreto. Los poemas nos sumergen en la soledad de la poeta, a veces impuesta, en muchas ocasiones, elegida pero siempre justificada. Una soledad que nos abre la puerta a la intimidad vital, aferrada a la cotidianeidad de la poeta: los objetos de su casa que se marcharon, el suelo que se rompió, las velas que lloran lágrimas gordas, el paraguas, fúnebre y huesudo, el reloj mercenario, el cerrojo que bosteza, la escoba taciturna… y hasta un sinfín de objetos del día a día que son testigos callados de los silencios y soledades que abrazan este poemario.
El ensayista y crítico literario hondureño Manuel Salinas Paguada, un referente en el estudio y difusión de la literatura de Honduras, especialmente de sus narradores del Siglo XX, es el prologuista de este poemario y en él, desgrana la intensa soledad de los versos para ofrecer un detallado retrato del poemario. Manuel Salinas Paguada afirma que el estilo remite directamente a influjos decisivos en la configuración del universo temático y poético: la influencia del escritor peruano César Vallejo en el clima poético y en la atmósfera lírica, la influencia del poeta mexicano Octavio Paz en la estructura mínima y rotunda del poema dentro de la perspectiva de la soledad como fuerza que moviliza las palabras, abre senderos de significación verbal y configura el universo del texto en su materialidad, en la calidad humanística de los objetos. Estos rasgos colocan esta obra dentro de la modernidad literaria de Honduras y la ubican en el contexto de las nuevas voces de la novísima poesía hondureña.
El agua, elemento transparente, elemento y símbolo del refugio en la soledad, que invoca y clama por una soledad en casa, en el encerramiento que produce la ausencia de objetos, el vacío, la fuerza de la soledad: las señas, los gritos, las palabras descalzas, los murmullos y la procesión que evocan el rito de la soledad como símbolo de abandono.
La soledad se ubica frente al espejo: "el marco del espejo hace un puchero", una imagen infantil, irónica que destaca la soledad y evoca un ritmo interior en el poema lleno de imágenes materiales y abiertas: "el paraguas", «el serrucho", "el hilo al cuello".
El poemario de Armida García transpira soledad y exhala silencios. Este se articula en dos partes. Réquiem es la primera parte y está conformada por nueve poemas y Nudo ciego, con dieciocho poemas.
En Réquiem vamos a encontrar los poemas Todos los objetos de mi casa, Las velas lloran con lágrimas gordas, El reloj, El miedo cruzó las piernas, De noche, Ganchos de ropa, La mesa cruje, Me arrimé a esa ventana y Miro desde el féretro.
Una vez más la soledad que liquida y cierra el universo de intimidad en el poema. Otros objetos de la casa evocan un sentido del humor sutil, una imagen material desgarrada: el reloj mercenario, las agujas, el cerrojo que bosteza, la mesa que evoca nuevamente la soledad y la angustia, la paciencia infinita frente a la mesa vacía y sobria, donde el otro está completamente ausente y lejano. La escoba invocada en su soledad abierta: taciturna, con las características y sentidos de una soledad vivida y quieta.
El poemario evoca el miedo como una sensación temerosa de soledad en casa, un lugar donde duermen las arañas y donde la materialidad del lenguaje, la imagen concreta, sirve de escenario para evocar un mundo de intimidad. Hay violencia, temor, orejas que surgen como mariposas y alas siniestras siempre dominada por el miedo que evocan otros poemas.
En el Poema Sexto, la poeta escribe:
Los olores se amotinan en las aceras,
la ciudad eructa satisfecha.
En Réquiem, un sentimiento de encarcelamiento invade el poema: nadie entiende nada, reos y grilletes, la ciudad se traga los cuerpos que invaden la escena. Nuevamente la soledad: masticar el silencio, las manos ocultas, el murmullo de las sillas, la procesión del silencio, el rito de una soledad abierta. En el Poema Séptimo, la poeta declama:
Resignados,
los zapatos
se echaron bajo la cama,
mientras…
yo destripo las sombras
con los dedos.
Una imagen material y violenta que cierra el universo del poema y coloca al cuerpo como elemento de una fuerza desatada contra la vaciedad, contra los temores y sus fundamentos.
"Masticar los dedos", las tijeras, las ventanas, las manos, todo indica la misma unidad del cuerpo con las cosas, la intimidad del cuerpo con la soledad de la casa deshabitada. Y hasta la misma muerte adolece de soledad, instalada en lo cotidiano: el féretro, las ventanas, el ropero, las sillas, vacío, soledad y silencio.
En el poema que cierra la primera parte, la poeta escribe:
Todos están aquí,
impenetrables,
optaron por el silencio
igual que yo.
Nudo ciego es la segunda parte del poemario y los poemas que le dan forma a esta son Los domingos, Los girasoles, Mi casa, Desde la ventana, Voy a trepar las tapias, Me asomo a los ojos, Te derramas, Hoy descubrí, Pule, Yo, Asustada, Volteada, Nuevamente, No puedo salirme de mí, Otra vez aquí, Sentada, Hago un nudo ciego y Pero.
En esta segunda florece la alegría. Nacen los recuerdos y brota el deseo descarnado. En el poema Primero, la poeta exclama:
Las calles se embarran de silencio
y en los parques
los amantes se buscan
con los ojos cerrados del deseo.
Siguen las imágenes corporales en el transitar poético de esta segunda parte: pariendo, untando, las vitrinas de la ciudad, siempre el cuerpo desatado. En ese mismo mundo, aparecen nuevos elementos animados.
En el tercer poema, la poeta declama:
Mi casa
está llena de alimañas descalzas,
de fantasmas de trapo,
de pájaros sordos que lloran cuando canto.
Siguen los poemas con la evocación de una soledad que abraza y devora las ventanas, el cuerpo protagoniza una invasión entre camas, ventanas y ropa íntima, el llanto de los objetos en soledad, la orfandad y el silencio de las cosas, el abandono, huesos enredados en la casa.
Y la soledad, siempre justificada, también invade la ciudad. En el cuarto poema, Armida escribe:
Desde la ventana
la ciudad me parece
una acuarela pintada con los dedos.
En el recorrer por las composiciones de esta segunda parte, surge el instinto como imagen defensiva en el cuerpo; en la medida justa de los senos, la soledad es un engranaje que nunca duerme, que vigila y desata violencia.
La poeta declama en el poema séptimo:
Te derramas
sobre mí
aplastándome
tibia
y brutalmente.
Pero allí hay una memoria en las manos del ser que mora en soledad, "arranca a mordiscos las entrañas", "la fiera cercana", que viene desde el fondo. Se enrollan en sus piernas, enseñan la lengua, se rompen violentamente los cristales, y llega el clímax en el poema catorce:
No puedo salirme de mí
estoy atrapada
dentro de esta caja vacía
que es mi cuerpo.
Soledad y cuerpo, la violencia desatada en los escenarios del cuerpo, son dos temas dominantes en el escenario poético de La soledad justificada. Un poemario lleno de un lirismo profundo, impregnado de un estilo compositivo moderno que visualiza a uno de los nuevos valores líricos de la poesía contemporánea hondureña, y por extensión, centroamericana.
El sentido de identidad es aquí un tema fundamental del libro que respira unidad temática, estilística, interpretativa y que ilumina las palabras desde la perspectiva de una imagen material de las cosas, de los objetos, atribuyéndoles una fuerza expresiva, que humaniza el entorno y rodea el universo total del poema. Los objetos cobran vida en contacto con el cuerpo, invaden y otorgan identidad dentro de un universo de intimidad y de lenguaje posesivo, dominante. La soledad invade todo el cuerpo como un sendero de locura derramada en el poema catorce. La poeta escribe:
Me mata la impotencia
de no poder matarme
Armida García crea un nuevo mundo de expresión lingüística con su obra La soledad justificada. En él habita la soledad como tema obsesivo y recurrente, y las ilustraciones que acuerpan a algunos poemas, realizadas por la propia poeta, evocan precisamente esa soledad del cuerpo, la cruz y el cuerpo de mujer. La soledad luminosa e iluminada entra por la ventana, símbolo de la casa que encarcela el cuerpo para redimirla.
Armida cierra este poemario, declamando:
Pero
la soledad no se marchó
fue solo
que ya no pude
volver a tocarla.
En estos tiempos en los que la vida en las redes sociales parece perfecta, llena de buenos momentos, de viajes con amigos, de platos saludables, de cuerpos envidiables, de deporte y de paisajes increíbles, se esconde una realidad en la que hay personas con alegrías y tristezas, con miedos e ilusiones, y con una personalidad seguramente mucho más compleja que lo que las redes pueden asimilar. Esta necesidad de la exhibición e intercambio permanente provoca que cuando todo eso se apaga, aflore la soledad, en muchos casos impuesta, y con ella, sentimientos de vacío y disconformidad permanente. Armida García, cuyo poemario floreció mucho antes de la eclosión de los medios sociales, es una ventana a esos miedos, a los sentimientos vacíos que provoca una soledad desbocada. Pero también es un asidero a la realidad cotidiana que continuamente nos recuerda que la soledad dosificada es necesaria para llegar a comprender la verdadera esencia de cada individuo.
Armida Yamileth García Aguilar escribió La soledad justificada y Guardabarranco Editorial la publicó en 1997. Ella es una poeta y gestora cultural hondureña. Su acercamiento a las artes las hizo a través de la música como vocalista del grupo de rock alternativo El Triángulo de Eva. De su obra publicada destacaremos los títulos La soledad justificada, Papel de oficio y el poemario inédito Tragadores de fuego. Su obra ha sido incluida en las antologías: Honduras, mujer y poesía, La hora siguiente, Osa mayor, Versofónica, La cantoría de los juglares, y Mujeres poetas en Honduras.
De su faceta de gestora cultural, descaremos que la poeta es directora de la Asociación Cultural Tierra sin Puntos Cardinales, la Editorial Cartonera Pez de Plata y el proyecto Biblioteca Cartonera. Ha participado en varios festivales de literatura, entre los que cabe destacar el II Festival Cultural de Invierno de El Salvador y el Primer Festival Centroamericano del Libro y la Cultura de Nicaragua. En 1994 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía. Ese mismo año el grupo Ideas de Honduras la hace merecedora del Premio único de Poesía “Lira de oro”. En 1997 recibió el reconocimiento de la Alcaldía Municipal del Distrito Central por su aporte a la literatura de Honduras. Armida ha organizado los festivales internacionales de poesía El Turno del Disidente y Palabra Iluminada y es asesora del componente de educación de Solidaridad y Desarrollo Social de Honduras.
Fuentes consultadas:
García, Armida. La soledad justificada. Tegucigalpa: Guardabarranco Editorial, 1997.
Armida García (2012). En: El turno del disidente (mayo). Recuperado de: enlace
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Armida García (2020). En: Blog de Armida García (26 de enero). Recuperado de: enlace
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